Decoración de estilo colonial, un viaje exótico desde el salón de casa

Para el viajero incurable, permanecer largos periodos de tiempo encerrado en casa es poco menos que una tortura. El crudo asfalto, los horarios cerrados, las obligaciones prosaicas del día a día, la falta de picante en la vida,… Sin embargo, existe al menos un remedio paliativo que si bien no cubre hasta el último término la fiebre viajera, al menos sí contribuye a calmarla un tanto. Se trata de acudir a tiendas de muebles online como Dismobel y emprender una reforma a fondo que transforme nuestro frío hogar en un yacimiento de pasión y exotismo a través de un nuevo e insólito estilo decorativo, como por ejemplo, el colonial. Un recurso con el que, al menos, el viajero atrapado en casa pueda caer en una profunda ensoñación y fantasear afirmando, al más puro estilo de la baronesa Blixten, que tiene una granja en África (provincia de Segovia).

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El estilo colonial es clásico y acogedor, destinado a proporcionar un espacio cálido al habitante pero también con una fuerte personalidad y un agraciado sentido de la estética, siempre desde la elegancia y la moderación. El estilo colonial representa siempre la fusión entre dos mundos, producto de las convulsiones históricas del siglo XIX y los grandes movimientos humanos asociados a las políticas imperiales de países como Alemania, Francia y, sobre todo, Gran Bretaña, dominadora de una cuarta parte del planeta. Es, decíamos, la conjunción de una mentalidad y estilo de vida occidental, ligado a los entornos urbanos abandonados en el país de origen, con la sensibilidad, los materiales y el arte de civilizaciones autóctonas y ancestrales de África y Asia, por lo general, intermediadas ambas por el choque con una naturaleza sobrecogedora, indómita y poderosa. De ahí que, en definitiva, el estilo colonial se caracterice por las maderas foráneas, las piezas decorativas asiáticas y una estética evocadora de aventuras e idealismo propio de otros tiempos. El mobiliario, por tanto, debe respetar las líneas suaves, la tranquilidad y la armonía que se respira en los interiores de estilo colonial. Uno de los objetivos consiste en mantener cierta concordancia con lo natural, lo que implica una gran presencia de la madera –habitualmente duras y de extracción tropical como la teca, el iroco, el lapacho e incluso el ébano-, donde reinan las tonalidades oscuras en coherencia con el artesonado de vigas de resabios rústicos del techo y en contraste con el blanco de las paredes o con el papel de pared claro, de motivos clásicos y apariencia antigua. Claro que es posible sustituir a estas maderas caras y extrañas por materiales más frecuentes en las tiendas y luego recubrirlos con barnices o ceras de la tonalidad deseada. El mimbre y el cristal ejercen de complementos para este tipo de maderas, con elementos como las esterillas de cañas de bambú como ejemplos de la relación que se ha de guardar con el entorno, insertas además en un suelo que conviene no dejar al desnudo para completar la atmósfera del hogar.

El imaginario con el que se debe adornar la estancia vuelve su mirada hacia el pasado, como es lógico. Delicadas antigüedades –relojes, catalejos, brújulas,…- y objetos cotidianos pero envejecidos –libros, enciclopedias, diarios de viaje,…-, son una apuesta segura, como los mapas y las fotografías de viajes que, a buen seguro, serán del agrado del inquilino. Entre los materiales asociados al estilo colonial, destacan las telas elaboradas con fibras naturales y tradicionales como el lino o el algodón, ideales para dar abrigo y efluvios nostálgicos a los butacones, las sillas y los sillones, a la ropa del hogar –manteles, toallas, cortinas, colchas y sábanas,…- y, por extensión, a la casa entera, ornada con tonalidades en los que el blanco y su familia cromática se llevan la palma, complementados con el beige, los dorados y los marrones y hasta algún toque de frialdad mediante turquesas o la gama de morados, siempre suaves y de buen gusto. Del mismo modo, los detalles metálicos de acero y forja, brillantes o mates según preferencias del consumidor, suelen ser apreciados como parte del conjunto colonial, ya sea en forma de remates en los muebles o presentes en algún accesorio doméstico o elemento decorativo.

Los accesorios, una vez más, marcan la diferencia y redondean el aspecto de la casa. La naturaleza, de nuevo, es la protagonista, puesto que estas piezas guardarán correlación con el resto de la estancia si se encuentran fabricadas con materiales naturales y un estilo artesanal, ajeno pues a los plásticos y a la producción en serie. Jarrones de mimbre, cuencos de madera, abundancia de plantas decorativas, tallos de bambú, marcos oscuros, cofres y baúles donde almacenar reliquias y recuerdos, ventiladores con las aspas de madera para combatir el calor tropical,… útiles capaces de establecer una conexión orgánica y directa entre pasado y presente, entre lo urbano y lo natural, entre occidente y el resto del mundo. Un viaje cálido y sugerente, en resumen, en el que perderse después de un ingrato día sin viajar.

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